Yo soy Dios, y no hay Más

Yo soy Dios, y no hay Más

¿A qué me Compararéis?

En la antigüedad, la gran trampa espiritual era la idolatría, el hecho de representar la divinidad mediante diversas estatuas. Por ello Dios dijo a su pueblo: “¿A qué, pues, me haréis semejante o me compararéis? dice el Santo. Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas” (Isaías 40:18, 25-26; 46:5). De este modo muestra que los ídolos no son nada: solo son madera, piedra, u otros materiales; no se mueven, no hablan, no pueden hacer nada, no salvan...

Hoy en día Dios podría preguntar al hombre moderno: ¿A quién me compara? ¿Al azar? ¡Pero el azar no creó nada; no tiene ningún proyecto! ¿A la energía? ¿A la materia? ¡Pero estas no son eternas, no pueden hacer nada por sí mismas! ¡No, no hay nada que pueda ser comparado con el Creador! ¡Su gloria siempre será única, suprema!

Cuando Dios hace esta pregunta, toma un nombre característico: “el Santo”. Dios es todo, está por encima de todo, del espacio y del tiempo. Vive en la eternidad, en la “altura y la santidad” (cap. 57:15). Él está más allá de todo y es diferente de todo. ¡Qué Dios tan grande tenemos!

Por su grandeza y poder, Dios sostiene los millares de estrellas y dio un nombre a cada una de ellas (Salmo 147:4). Por supuesto, también conoce a cada ser humano. Me conoce, y como creo en él, puedo decir con emoción: ¡Sé que me ama y no hay nadie como él!

Lectura: Isaías 38-39 - Marcos 2 - Salmo 49:1-9 - Proverbios 14:15-16

Tomado de la Buena Semilla


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